Vivimos en una cultura que tiende a silenciar el cuerpo. Cuando aparece un síntoma, nuestro primer impulso es eliminarlo: una pastilla por el dolor, un antiácido por la digestión, un estimulante por la fatiga. Nos hemos acostumbrado a ver los síntomas como errores, como interrupciones molestas de una vida que debería seguir funcionando sin pausas. Pero, ¿y si no fueran errores? ¿Y si el cuerpo, con cada molestia o disfunción, estuviera intentando comunicarnos algo?
El cuerpo tiene un lenguaje antiguo y sabio y se comunica con nosotros con sensaciones: tensión, hinchazón, picor, cansancio, insomnio… Cada síntoma es una forma de comunicación, una señal de alarma que indica que alguna parte de nuestro sistema (físico, emocional o energético) está desajustada. El problema es que a menudo nos quedamos en superficie, tratando y tapando el síntoma como si fuera un enemigo en lugar de escuchar el mensaje que contiene.
Cuando aprendemos a leer los síntomas, descubrimos que a menudo aparecen para protegernos. La fiebre, por ejemplo, es una respuesta natural del cuerpo para combatir infecciones; la inflamación es un proceso de reparación; el cansancio es una llamada al descanso. Cuando suprimimos constantemente estas señales sin entender su origen, podemos cronificar el problema o desconectarnos aún más de las necesidades reales de nuestro organismo.
Esta visión no significa rechazar la medicina ni los tratamientos sintomáticos, sino cambiar la perspectiva: pasar de ¿cómo puedo eliminar esto? a “¿qué me quiere decir esto?”. Un dolor de espalda puede estar relacionado con una mala postura, pero también con una sobrecarga emocional o con la presión de sostener demasiadas cosas a la vez. Una jaqueca puede reflejar tensión acumulada o exceso de estimulación. El cuerpo expresa lo que la mente o las emociones no han podido procesar.
Escuchar el cuerpo requiere tiempo y atención. Significa detenerse, observar, conectar con la respiración y preguntarse dónde sentimos la tensión y qué puede necesitar esa parte de nosotros. Es un ejercicio de conciencia corporal, pero también de autocompasión. Cuando nos acercamos al cuerpo con curiosidad y respeto, dejamos de verlo como un mecanismo que falla y empezamos a percibirlo como un aliado que nos orienta.
Esta mirada más integradora que entiende el cuerpo, la mente y las emociones como un todo inseparable nos invita a vivir la salud no como ausencia de síntomas, sino como una relación viva y honesta con nuestro propio organismo. Los síntomas dejan de ser enemigos para convertirse en indicadores: nos guían al origen del desequilibrio, qué cuidar o qué necesita ser expresado.
Quizás el primer paso para curarse no es luchar contra el cuerpo, sino escucharlo.
Detrás de cada molestia hay un mensaje, un toque de atención que te invita a pensar lo que no está bien, lo que deberías cambiar. Y cuando finalmente le escuchamos, el cuerpo ya no necesita gritar

Eva Bueno
Eva Bueno Naturópata higienista, experta en microbiota, nutrición holística emocional y consciente y experta en procesos detox y ayuno terapéutico






